
Eran los años del chabolismo en Madrid, cuando el Pozo del Tío Raimundo en el barrio de Vallecas todavía no había recibido la visita de los jesuitas. Allí nació Julián García García, “El Juli”, un vecino de adopción de la capital que falleció el pasado 16 de septiembre con la soledad como único testigo. La historia de “El Juli” es la de un vecino del barrio de La Glorieta, querido y conocido por todos los vecinos, que desde principios de los años ochenta se afincó en la ciudad, primero en la calle de La Luna y más tarde en los barrios de San Felipe y La Glorieta. Cuatro matrrimonios asistieron al sepelio de “El Juli”, vecinos suyos y compañeros algunos de la asociación de su barrio, donde habitualmente solía jugar al dominó y leer los periódicos deportivos que tanto le gustaban. Miguel Munuera Sánchez, uno de esos amigos que dejó “El Juli” sin despedirse la mañana del 15 de septiembre, cuando acudió a una revisión rutinaria al Hospital para ver “cómo iba el marcapasos que le habían puesto”, ha querido rendirle un homenaje a un hombre que vivió solo durante más de 25 años. “Ningún familiar asistió al entierro, sólo vino una hija suya a firmar los papeles y volvió a marchar a Madrid”, explica su vecino Miguel, que lo tuvo acogido en un piso de La Glorieta algún tiempo. “Nunca quería hablar de su pasado, de su familia, pero era un hombre cariñoso, amable con todo el barrio y muy servicial”, añade Miguel. Durante más de un año “El Juli” vivió en un Renault 4 que tenía aparcado frente a la sede de la asociación de vecinos. Más tarde pudo alquilar un piso en San Felipe donde vivió hasta el día de su muerte, solo, como pasó la mayor parte de su vida.
Recuerdo
Miguel Munuera y aquellos que le conocieron echan de menos su compañía como jugador de petanca. “Le encantaba jugar a la petanca y se lo tomaba muy en serio; muchas veces se enfadaba con nosotros, pero sólo era un pronto”, recuerda Miguel. Su carácter afable y entrañable contrasta con la soledad en la que vivió gran parte de su vida y sobre todo, la soledad que le acompañó en el momento de su entierro. “Nunca supimos qué le pasó con su familia. Cuando llegaban la Navidad se ausentaba de la ciudad algunos días. Él decía que había ido a Madrid, pero nunca supimos si era cierto o no”, cuenta Miguel. En cualquier caso, sus amigos de Jaén, los del barrio de San Felipe y de La Glorieta creen que si “algo hizo malo en el pasado, estaba arrepentido”. Ese era “El Juli”, un hombre que llegó y se fue de Jaén completamente solo.
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